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6 de septiembre de 2019
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Paula Cárdenas Giménez

Una finca de diseño en Sierra de Gredos – Revista Yo Dona

En la Sierra de Gredos, sobre una dehesa de algo más de treinta hectáreas poblada de encinas y de un sotobosque de retamas, jaras y espinos, había una casa de finales de los años cuarenta que vivía de espaldas a todo eso. Era oscura, apenas se comunicaba con el exterior y se repartía en construcciones dispersas: la casa principal, la de los guardeses, varias cuadras y un palomar, esparcidas sin orden en torno a una hectárea.

La revista Yo Dona, con texto de Carla Pina y fotografías de Belén Imaz, recorrió el resultado de su rehabilitación, que hoy figura entre las obras de ÁBATON como Casa de Campo LS. El reportaje lo resume en una frase: en esta finca no existe una línea divisoria visual entre el espacio interior y el exterior.

Portada de Yo Dona con el titular Una finca de diseño en plena Sierra de Gredos y una ventana sobre el pinar
Apertura de Una casa sin límites en Yo Dona con una terraza de mesa blanca entre encinas y un dormitorio de tarima

Un encargo hecho de luz

«El encargo que recibimos fue llenarla de luz; así como vincularla con el exterior y convertir el jardín en una extensión de la casa para que los propietarios tuvieran la sensación de habitar un espacio natural en todo momento», explicaba Ignacio Lechón, arquitecto y director técnico de ÁBATON, el estudio autor de la reforma integral.

Diluir esos límites no fue sencillo. La primera decisión fue de orden: reunir la dispersión en solo dos edificaciones. Una es la residencia de la familia, de cinco miembros; la otra, un espacio polivalente que hace de casa de invitados y, a veces, de lugar de trabajo. El perímetro de ambas se dibujó con vegetación y no con muros: plantación de nuevos arbustos autóctonos, poda de otros y desbroce completo del terreno, para que la dehesa llegara limpia hasta la puerta.

El granito como memoria

La vivienda principal, de unos 300 m², se asienta en la cima de un pequeño montículo al que se sube por un camino de arena. Tiene dos entradas, una al sur a través de un zaguán y otra al norte, con un patio presidido por un olivo, y se ordena en tres plantas: la vida social abajo, el descanso en las dos alturas superiores.

Durante la obra se recuperaron los muros originales de granito, de setenta centímetros de espesor, y en ellos se abrieron grandes cristaleras para que la luz alcanzara cada rincón. No son huecos nuevos, sino ampliaciones de los que ya existían: «mirando la fachada se puede adivinar la disposición original del inmueble», contaban desde el estudio. La casa cambia de carácter sin perder la huella de lo que fue, y la piedra sigue siendo el primer plano desde el que se mira el encinar.

Doble página de Yo Dona con un salón de sofás grises y alfombra turquesa, una escalera de madera y estanterías

Una escalera que es biblioteca

Desde el salón arranca una escalera que enlaza todos los niveles y hace de la casa un solo espacio vertical. Sus primeros peldaños coinciden en altura con las baldas de una estantería de madera, y los libros se colocan para enmarcar dos ventanas; en la base, pequeños rincones para sentarse y mirar la naturaleza desde el abrigo del interior. «Fue un diseño que supuso un trabajo muy minucioso, puesto que el mueble tenía que encajar al milímetro», recordaba Lechón.

En el segundo tramo, la escalera juega con desniveles y organiza los dormitorios bajo la cubierta. Allí los ventanales meten el paisaje en la habitación, y la Sierra de Gredos se ve sin salir de la cama ni de la bañera, que se integra en el mismo podio blanco que el lecho. En uno de los baños, la ducha se convirtió en protagonista: una cabina simétrica, pintada de blanco, con cuatro grifos, dos en la pared y dos en el techo, pensada para que dos personas se duchen a la vez.

La técnica se esconde para no competir con la vista: estores, un proyector oculto, una climatización que se gobierna desde el teléfono.

Doble página de Yo Dona con una librería con hueco de madera, un dormitorio en altillo y un baño con bañera blanca

Los colores del entorno

El interiorismo, de BATAVIA, persigue la misma continuidad entre dentro y fuera. «Para los muebles y las paredes nos decantamos por una gama cromática muy neutra, básicamente gris en todas sus tonalidades, salpicada por algunas piezas y accesorios ocres, azules y verdes», explicaba Blanca Alonso, directora de Nuevos Desarrollos de ÁBATON. Camino Alonso, arquitecta y directora creativa, lo completaba: «Nos inspiramos en los colores del entorno, ya que invitan al descanso y a la relajación». La materia es la del lugar, piedra y madera de roble, con el acero en la construcción y el vidrio en los accesorios.

El mobiliario, de líneas puras, se reduce al mínimo para que la naturaleza ocupe el centro. «Los pocos objetos y obras de arte se han escogido para aportar estética y comodidad, y trasladar la idea de que la habitación se emplaza en un espacio natural», concluía David Pastor, de BATAVIA. Es la misma actitud con la que el estudio rehabilitó, también al abrigo de Gredos, la Finca en Extremadura: leer lo construido antes de tocarlo y dejar que el paisaje entre por donde la casa ya miraba.

Ficha

  • Proyecto: Casa de Campo LS, Sierra de Gredos
  • Arquitectura, interiorismo y construcción: ÁBATON, con interiorismo de BATAVIA
  • Equipo ÁBATON: Elía Peroni, Carlos Jiménez, Clara Farinella, Fernando Alonso, Carlos Alonso
  • Publicación: Yo Dona
  • Texto: Carla Pina
  • Fotografía: Belén Imaz