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17 de noviembre de 2008
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Eva Espada Rebollo

Museo del holocausto Yad Vashem, Jerusalem

Hay edificios que se levantan para ser vistos y otros que se entierran para que se pueda recordar. El Museo de Historia del Holocausto de Yad Vashem, diseñado por el arquitecto Moshé Safdie e inaugurado en marzo de 2005, pertenece a la segunda especie. Sobre el Monte del Recuerdo, en la ladera occidental del monte Herzl de Jerusalén, apenas asoma una arista: el resto es un prisma triangular de hormigón que perfora la colina de lado a lado y cuyos extremos quedan suspendidos en el aire.

La institución, creada por una ley de la Knéset en 1953, toma su nombre de un versículo de Isaías que promete «un memorial y un nombre» a quienes no dejaron a nadie que los nombrara. Safdie convirtió esa promesa en una sección: un triángulo de unos dieciséis metros y medio de altura y unos ciento ochenta de longitud, hundido casi por completo en la tierra, que sustituyó al antiguo museo con una superficie cuatro veces mayor.

La forma que sostiene la tierra

La elección del triángulo no es retórica. Es la geometría que mejor resiste el empuje del terreno que descansa sobre el prisma, y al mismo tiempo la que permite que su vértice superior se abra. Allí, a lo largo de todo el edificio, corre un lucernario de vidrio: una línea de cielo que acompaña al visitante desde la entrada hasta la salida y que, desde el interior, deja ver copas de árboles y siluetas de personas que caminan arriba, ajenas a lo que ocurre bajo sus pies.

Los muros inclinados de hormigón, desnudos, se cierran sobre quien entra. La luz no inunda; cae. Llega rasante, cenital, filtrada por la ranura del techo, y modela la materia gris con la paciencia de un reloj de sol. Safdie lo resume en su memoria con una frase precisa: la luz se convierte en la característica que define el recorrido coreografiado a través del museo.

Un camino que no permite atajos

El eje del prisma parece invitar a recorrerlo en línea recta, pero esa recta está negada. Unos cortes abiertos en el suelo, a todo lo ancho del pasillo, impiden avanzar y obligan a desviarse hacia las diez galerías excavadas a ambos lados, cada una dedicada a un capítulo de la historia del Holocausto e iluminada desde arriba por lucernarios que atraviesan la ladera. Las vitrinas y documentos se alojan en esas hendiduras del pavimento, de modo que el propio suelo se vuelve archivo.

El pavimento, además, desciende con suavidad hacia el centro del edificio, y ese punto más bajo coincide con los episodios más oscuros del relato. La arquitectura no ilustra la historia: la hace caminar. El cuerpo baja cuando baja la narración, y la claridad del techo, siempre visible y siempre inalcanzable, mide la distancia entre el abismo y el mundo de fuera.

La Sala de los Nombres

Cerca del final del recorrido se abre la Sala de los Nombres, un cono que se eleva unos nueve metros y cuyo interior reúne alrededor de seiscientas fotografías de víctimas y fragmentos de Hojas de Testimonio. En las estanterías circulares que lo rodean se conservan los registros personales de millones de víctimas judías, con huecos todavía vacíos para los nombres que aún no han llegado. Bajo los pies, un segundo cono, invertido, se hunde en la roca de Jerusalén; en su fondo, un estanque de agua refleja los rostros del cono superior. Es el lugar de quienes nunca serán nombrados, un reflejo que devuelve las caras de arriba y las disuelve en lo oscuro.

vista interior del museo

Pocas piezas de arquitectura memorial han sabido traducir con tanta exactitud la idea de ausencia: una forma que asciende hacia la luz y otra, idéntica, que desciende hacia la piedra. Entre ambas, el visitante, suspendido sobre el agua que repite las imágenes. Es una intuición que comparten otros memoriales recientes, como el monumento con el que Canadá recuerda a las víctimas del Holocausto en Ottawa.

Salir a la luz

Al final, los muros del prisma se separan. El túnel se ensancha y desemboca en una terraza en voladizo sobre el valle, desde la que se contempla, de pronto y sin mediación, el paisaje soleado de Jerusalén y sus colinas. Tras el descenso, la salida es una bocanada: el aire, la brisa, el horizonte. Safdie quiso, en sus palabras, preservar el carácter pastoral de un lugar delicado; por eso el edificio apenas toca la superficie y devuelve la cima de la colina al paisaje y al cielo.

De noche, el prisma iluminado se lee como una grieta de luz suspendida sobre la ciudad moderna, una cicatriz que no termina de cerrarse. Como el Museo de Volubilis, que se esconde para mostrar su herencia romana, o el Museo del terremoto de Wenchuan, Yad Vashem demuestra que la arquitectura de la memoria a menudo consiste en saber desaparecer: dejar que el terreno hable y reservar la forma para el instante exacto en que el recuerdo necesita una salida.

Prisma de hormigón del Museo Yad Vashem de Moshé Safdie abierto sobre Jerusalén iluminada de noche

Ficha

  • Obra: Museo de Historia del Holocausto de Yad Vashem.
  • Arquitectura: Moshé Safdie (Safdie Architects).
  • Lugar: Monte del Recuerdo, monte Herzl, Jerusalén (Israel).
  • Inauguración: 15 de marzo de 2005.
  • Superficie: unos 17.700 m².
  • Diseño expositivo: Dorit Harel Designers. Paisajismo: Shlomo Aronson.

Fuente: safdiearchitects.com