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Interior diáfano del museo Zaishui con suelo ondulado, plantas y estanques bajo el techo blanco, de Junya Ishigami
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23 de julio de 2026
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Eva Espada Rebollo

Zaishui: cuando el edificio aprende a ser lago

  • Arquitectura: Junya Ishigami + Associates
  • Fotografía: arch-exist

Un museo de casi un kilómetro de longitud emerge sobre un lago artificial en Rizhao, en la costa de Shandong (China). Junya Ishigami concibe un edificio de la misma escala que el agua que lo sostiene, donde el límite entre arquitectura y paisaje se vuelve imposible de trazar.

El Museo de Arte Zaishui, de Junya Ishigami + Associates, no compite con el paisaje: lo continúa. Situado en Rizhao, ciudad costera del mar Amarillo en la provincia de Shandong, a la entrada de una nueva zona de desarrollo, se extiende a lo largo de casi un kilómetro, prácticamente el diámetro completo de un lago artificial. Suma cerca de 20.000 m², con una anchura que oscila entre 4,8 y 20 metros y una altura de entre 1,2 y 5 metros.

Ishigami lleva décadas explorando el límite entre lo construido y lo natural, y Zaishui lleva esa búsqueda a la escala del territorio. Unos 300 pilares hincados en el fondo del lago, de apenas dos metros de profundidad, sostienen una fina cubierta de hormigón que ondula suavemente: en algunos tramos desciende casi hasta rozar el agua y dibuja la línea de las montañas del fondo; en otros se eleva y se abre al cielo.

Entre los pilares, un cerramiento de vidrio a toda altura hace que interior y exterior se lean como un mismo espacio. En la base de la cristalera, unas aberturas dejan entrar el agua del lago, que inunda parte del suelo: el pavimento aparece como un banco de arena y el visitante camina como si recorriera una orilla. En invierno la superficie se congela, pero bajo ella el agua sigue entrando.

Esas aberturas a ras de agua y las carpinterías practicables permiten además la ventilación natural del edificio y ayudan a absorber las dilataciones de la estructura por el calor. Frente al museo, un centro de visitantes se oculta bajo una cubierta vegetal, y dos pasarelas, una a cada lado, conectan el conjunto con la orilla.

Hay proyectos que se entienden desde el plano y proyectos que solo se entienden cuando se está dentro. Zaishui pertenece a la segunda categoría. Su arquitectura no se declara de golpe: se va desvelando a través de vistas parciales, de umbrales apenas marcados y de espacios que no parecen tener nombre, en un recorrido que invita a avanzar despacio.

Las fotografías de arch-exist recogen esa cualidad: la luz que entra por las aberturas de la cubierta, los visitantes que se pierden a lo lejos bajo el techo blanco, el agua que no distingue entre el lago y la sala. Ishigami ha construido algo que parece natural aunque no lo es, artificial aunque tampoco exactamente: un museo pensado para quien está dispuesto a perderse.

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