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8 de septiembre de 2008
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Javier de Montero Fontan

Pasarela del Parque Arganzuela en Madrid

Hay puentes que se limitan a cruzar y puentes que se quedan a vivir en el lugar que atraviesan. La pasarela que Dominique Perrault levantó en el Parque de Arganzuela pertenece a los segundos: 278 metros de acero que salvan el río Manzanares y, a la vez, el propio parque, como si el paseo no quisiera bajar todavía a tierra.

No es un tablero tendido de orilla a orilla, sino dos piezas distintas que se encuentran en lo alto de una colina del parque. Una cruza el agua; la otra sobrevuela la arboleda hasta el paseo de Yeserías. Entre ambas, Madrid se mira de nuevo a sí misma desde el río que durante décadas le dio la espalda.

detalle de la pasarela

Un río devuelto a la ciudad

La pasarela solo se entiende dentro de una operación mayor. A comienzos de siglo, el Ayuntamiento de Madrid decidió enterrar la M-30 bajo las márgenes del Manzanares y devolver a los peatones el espacio que ocupaba el tráfico. De aquel gesto nació Madrid Río, un corredor verde cuyo diseño salió de un concurso internacional celebrado en 2005. El Parque de Arganzuela, con sus 23 hectáreas y miles de árboles plantados sobre lo que antes era asfalto, es uno de sus capítulos más extensos.

En ese territorio recién inventado hacía falta un umbral. Perrault comenzó a dibujar la pasarela en febrero de 2008, cuando el proyecto era todavía una promesa; las obras arrancaron en febrero de 2010 y duraron trece meses. Se abrió al público junto al parque, en la primavera de 2011, para unir a pie y en bicicleta los barrios de Arganzuela y Carabanchel, que la autopista había mantenido separados. Muy cerca, al otro lado del parque, el antiguo matadero municipal se transformaba al mismo tiempo en centro cultural: el de las tejas que soñaron ser paredes en el Matadero de Madrid.

pasarela sobre el río manzanares

Dos conos, una espiral

La forma es la de dos conos tendidos que se abrazan sin tocarse del todo. El del sur mide 150 metros y salta sobre el río; el del norte, 128, recorre el parque. Su diámetro crece y decrece de un extremo a otro, de cinco a doce metros, de modo que el caminante atraviesa un tubo que se ensancha y se estrecha como una respiración.

La estructura es de acero y se sostiene a sí misma: dos espirales metálicas que se cruzan en diagonal, ancladas cada una sobre dos apoyos en sus extremos. Esa geometría, en la que el ingeniero Julio Martínez Calzón (MC2) tradujo la intuición del arquitecto en cálculo, es la que permite prescindir de pilas intermedias y dejar libre el cauce. Bajo los pies, la madera templa la frialdad del metal y convierte el cruce en un paseo.

detalle de la pasarela sobre el parque de arganzuela

La malla como piel de luz

Sobre la estructura se enrolla una cinta de malla de acero inoxidable. Es la firma de Perrault, que lleva años explorando el tejido metálico como una piel capaz de velar sin cerrar; la misma obsesión que reaparece, a escala doméstica, en sus lámparas In the Tube. Aquí la malla da sombra, deja pasar el aire y cambia de carácter con las horas: filtra, refleja o se vuelve opaca según la inclinación del sol.

De día, desde la orilla, el puente brilla como un objeto de plata posado entre los árboles. Desde dentro, en cambio, la ciudad aparece tamizada, fragmentada en rombos de luz, y el puente de Toledo surge en el encuadre como un recuerdo barroco. Al caer la tarde, unas farolas con siluetas de pájaros y mariposas se encienden a lo largo del recorrido y la espiral se convierte en una linterna larga suspendida sobre el agua.

detalle de las dos pasarelas

Un mirador que se camina

Perrault la pensó como algo más que un paso: como una puerta del parque, un lugar de encuentro y de descanso, un hito para un territorio que acababa de nacer. Los vecinos no tardaron en apropiársela; hay quien la llama «el puente de Perrault», y los paseantes se detienen en su punto alto a mirar el río como quien se asoma a un balcón. Es una arquitectura que no termina en sí misma, emparentada con otros puentes que prefieren el recorrido a la meta, como la paradoja del puente sin fin de Aarhus.

Quizá esa sea su lección más duradera: que una infraestructura puede tener la delicadeza de un objeto y la generosidad de una plaza. Que cruzar un río, cuando la luz atraviesa la malla y la madera cruje bajo los pasos, puede ser una manera lenta de habitar la ciudad.

vista general de ambas pasarelas

Ficha

  • Obra: Pasarela del Parque de Arganzuela (Madrid Río)
  • Arquitectura: Dominique Perrault
  • Ingeniería estructural: MC2, Julio Martínez Calzón
  • Cliente: Ayuntamiento de Madrid
  • Longitud: 278 m (cono sur, 150 m; cono norte, 128 m)
  • Construcción: febrero de 2010 – 2011; apertura en 2011
  • Imágenes: vía Dezeen