Lógica en lo complejo
En el borde de Plasencia, allí donde la ciudad extremeña deja de ser calle y empieza a ser campo, el Palacio de Congresos y Auditorio de Selgascano parece haber caído del cielo. No se asienta: se posa. Un volumen facetado, blanco y translúcido, apenas apoyado en la ladera entre matorral y piedra, que a primera vista no se deja reducir a ninguna figura conocida y que tiene algo de roca y de meteorito ligero.
Detrás de esa apariencia caprichosa hay, sin embargo, una lógica rigurosa. El edificio nace de un concurso convocado por la Junta de Extremadura que ganaron José Selgas y Lucía Cano en 2005, y de una pregunta que el lugar planteaba con crudeza: cómo ocupar el límite de una ciudad sin borrar el paisaje que lo define.

Una isla de tierra natural
El solar se encontraba muy por debajo de la calle, separado de ella por un talud artificial de más de quince metros. Los arquitectos asumieron que ese terreno acabaría absorbido por el futuro ensanche, y decidieron hacer lo contrario de lo esperado: en lugar de rellenar la ladera hasta la cota urbana, posar el edificio abajo y ocupar la menor superficie posible de parcela. Lo que queda alrededor es, en palabras del estudio, «una isla de tierra natural» dentro de la ciudad que vendrá.
Selgascano describe el campo extremeño como su equivalente del mar, una extensión abierta frente a la cual había que elegir entre lo artificial y lo natural. Eligieron lo segundo. Por eso la entrada se sitúa en lo alto, a la altura de la calle, y se alcanza por una pasarela que salva el vacío y atraviesa el edificio como un portal; la sala principal, inclinada, vuela sobre el terreno en voladizo y solo toca el suelo bajo el escenario y parte de la platea.
Cajas de zapatos bajo una piel
La forma, dicen los autores, no se dibuja: surge de la sección de la sala principal, a la que se superponen el resto de los usos. El núcleo lo forman las salas, compuestas como volúmenes ortogonales —la caja de zapatos sigue siendo la geometría más fiable para la acústica—: un auditorio para 760 espectadores y una sala secundaria de 300 plazas que puede dividirse en tres de cien. Ese núcleo es también el soporte del conjunto.
Todo lo demás se reserva al perímetro. Vestíbulos, galerías, rampas y escaleras ocupan el espacio irregular que queda entre las salas y la envolvente, y esa decisión resuelve a la vez varios problemas: aísla las salas del exterior, libera la piel para que adopte su geometría quebrada y convierte la circulación en recorrido. Las espirales de rampas mezclan interior y exterior, y el visitante no solo pasa: explora el edificio y, desde los grandes huecos, el paisaje que se extiende hacia el oeste, hacia las sierras.
Piel y huesos
Los materiales obedecen a una división que el estudio formula con sencillez: piel y huesos. Los huesos son macizos, de hormigón encofrado con tabla fina y de madera, y contienen las salas. La piel es ligera y elástica: paneles de ETFE en blanco y verde agua sostenidos por una estructura metálica de cables y tubos, acero inoxidable en la parte baja de las fachadas, paneles de nido de abeja y pavimentos continuos de poliurea en las rampas.
Dentro, la blancura exterior se vuelve color. El vestíbulo de entrada es naranja, la sala principal se viste de rojo en paredes y butacas, y las rampas alternan el verde y el rojo. Esos tonos asoman por los dos grandes vacíos de la fachada —el de la entrada, con su pasarela, y el del mirador— como destellos de calor en una superficie fría, y bastan para llamar al visitante.
De noche la piel se invierte. Visible desde la carretera de Salamanca, el edificio se ilumina desde dentro y se convierte en una linterna, una señal clara para quien pasa en coche. Es uno de esos objetos que, como el auditorio Maraya en el desierto saudí, pertenecen tanto al paisaje como a la ciudad.
Un lugar para algo más que congresos
La compacidad del núcleo tuvo también una razón económica: concentrar las salas redujo la cimentación y hizo viable un proyecto de presupuesto ajustado, levantado en plena crisis y terminado en 2017. Dos años después fue uno de los cinco finalistas del Premio de Arquitectura Contemporánea de la Unión Europea Mies van der Rohe, cuyo jurado subrayó que el palacio no es solo un lugar para organizar congresos.
La arquitectura de auditorios suele resolverse en la caja; aquí lo decisivo ocurre en los márgenes, en el espacio sobrante que otros habrían reducido a pasillo. Frente a obras más contenidas, como el auditorio de Níall McLaughlin en Oxford, Plasencia confía en el recorrido y en la sorpresa. Y deja intacto, a su alrededor, el campo que también define la arquitectura de esta tierra, el mismo con el que dialoga una finca en Extremadura de ÁBATON. El resultado es un objeto de inquietante belleza: irregular pero claro, complejo pero lógico.
Ficha
- Obra: Palacio de Congresos y Auditorio de Plasencia (Cáceres)
- Arquitectos: Selgascano (José Selgas y Lucía Cano)
- Promotor: Junta de Extremadura
- Concurso: 2005; terminación: 2017
- Reconocimiento: finalista del Premio EU Mies van der Rohe 2019
- Más información: Metalocus




























