The High Line
Durante casi medio siglo, por encima de las calles del West Side de Manhattan, corrieron trenes de mercancías que nadie veía desde la acera. The High Line nació en los años treinta dentro de un enorme proyecto de infraestructura público-privada, The West Side Improvement (la mejora del West Side), que elevó el transporte pesado unos nueve metros sobre el nivel de la calle para sacar los trenes, peligrosos y ruidosos, de las calles del distrito más industrial de la isla. El primer tren circuló por el viaducto en 1933, y la línea se inauguró oficialmente en 1934.
Luego llegaron los camiones, las autopistas y el declive de los muelles. Desde 1980 ningún tren recorre The High Line. La estructura de acero quedó suspendida en el aire como una frase interrumpida, y durante veinte años la ciudad pareció no saber qué hacer con ella.

Un jardín que nadie plantó
Mientras se debatía su demolición, la vía hizo algo inesperado: florecer. Entre los raíles y la grava crecieron hierbas, arbustos y flores silvestres traídas por el viento y los pájaros. Arriba, a la altura de los terceros pisos, se formó un paisaje secreto, una pradera lineal entre fachadas de ladrillo que solo conocían los fotógrafos y los curiosos que se atrevían a subir.
En 1999, dos vecinos del barrio, Joshua David y Robert Hammond, fundaron Friends of the High Line, una organización sin ánimo de lucro que se propuso salvar la estructura y abrirla al público. Junto a su socio, la Ciudad de Nueva York, trabajan desde entonces para preservar y cuidar el viaducto y el parque elevado que se ha plantado a lo largo de su recorrido. En 2003 convocaron un concurso de ideas que reunió más de setecientas propuestas de decenas de países.
Las imágenes de antes de la intervención muestran ese estado intermedio entre ruina y jardín que acabaría inspirando el proyecto.



Paisaje, pavimento y tiempo
El equipo de arquitectos paisajistas James Corner Field Operations, junto con los arquitectos Diller Scofidio + Renfro y el diseñador de plantaciones Piet Oudolf, dio forma al parque con el apoyo de los colectivos que habían defendido su creación. Su punto de partida fue no borrar lo que la vía había aprendido sola: la convivencia entre la vegetación espontánea y la dureza del acero y la grava.
El pavimento lo expresa mejor que cualquier manifiesto. Está hecho de losas alargadas de hormigón que se estrechan, se abren y terminan en puntas que se pierden entre las plantas, de modo que el camino y el jardín se mezclan sin una frontera nítida. Los bancos de madera parecen brotar del propio suelo, como si las losas se hubieran levantado para ofrecer asiento. Algunos tramos de los antiguos raíles se conservan y reaparecen aquí y allá, convertidos en memoria y en mobiliario.



La plantación de Oudolf, de raíz naturalista, reúne gramíneas, perennes, arbustos y pequeños árboles que cambian con cada estación: el verde tierno de la primavera, la floración del verano, los dorados del otoño y los tallos secos que el invierno deja en pie. El parque no busca la perfección de un jardín ornamental, sino la belleza de algo que crece y envejece, como aquella pradera salvaje que lo precedió. Es la misma sensibilidad que el Journal ha seguido en el paisajismo naturalista de Dan Pearson.
Una calle en el aire
Recorrer The High Line es ver la ciudad desde una altura extraña, ni de calle ni de rascacielos. El paseo serpentea entre edificios, atraviesa naves y deja que la mirada se escape hacia el río Hudson. En algunos puntos el parque se abre en miradores sobre las avenidas, con el tráfico de taxis amarillos discurriendo bajo los pies como un río mecánico. Hay graderíos de madera para sentarse a contemplar ese espectáculo, tumbonas orientadas al oeste para el atardecer e iluminación baja que permite pasear de noche sin que la luz robe el cielo.






El parque se ha ido inaugurando por tramos: el primero, de Gansevoort Street a la calle 20, en junio de 2009; el segundo, hasta la calle 30, en junio de 2011; el tercero, en torno a los Rail Yards y hasta la calle 34, en septiembre de 2014. En 2019 se abrió el Spur, un ramal sobre la Décima Avenida. En total, más de dos kilómetros de corredor verde que han cambiado la forma de mirar las infraestructuras obsoletas en todo el mundo, y también el barrio que lo rodea.
Con una vocación similar de devolver espacio público a la ciudad, el Parque de Valdefierro, en Zaragoza, transforma un vacío urbano en zona verde para el barrio, y en Madrid la pasarela del Parque Arganzuela cruza el Manzanares sobre otro espacio verde recuperado.
Ficha
- Lugar: West Side de Manhattan, Nueva York, de Gansevoort Street a la calle 34
- Longitud: unos 2,3 km
- Paisajismo y arquitectura: James Corner Field Operations y Diller Scofidio + Renfro
- Diseño de plantación: Piet Oudolf
- Promoción y gestión: Friends of the High Line, con la Ciudad de Nueva York
- Aperturas: 2009, 2011, 2014 y 2019 (Spur)
