Proyecto de paisajismo CH
La parcela ya tenía jardín antes de que hubiera casa. Pinos, encinas y algún olivo marcaban dónde se podía construir y dónde no, y nuestro paisajismo para el Proyecto CH arranca de esa obediencia: conservar el arbolado y plantar debajo y alrededor, sin que la obra nueva lo desplace.
El recorrido empieza en la entrada, donde uno de los dos muros de hormigón encofrado con tablilla acompaña al visitante entre su sombra y una hilera de cipreses. El camino de losas se abre paso entre gramíneas que a finales de primavera levantan sus espigas plumosas y se vuelven casi blancas al contraluz. La casa, blanca y escalonada, aparece al final, no al principio.
La plantación sigue la lógica de pradera de nuestros jardines: masas sueltas de vivaces y gramíneas, floraciones escalonadas, especies de poca sed. Al sol, salvias moradas, lavanda, equináceas rosas de corazón anaranjado y las llamaradas rojas de las crocosmias entre los plumeros. A la sombra de las encinas y de un tronco retorcido, otro registro: hakonechloa de hoja fina y arces japoneses que en otoño encienden de rojo el sendero. Dos jardines en uno, decididos por la luz que llega al suelo.
Hacia el interior, el jardín no se detiene en la fachada. El patio central que ordena la casa prolonga la vegetación hasta el salón, el comedor y la cocina, abierta al norte sobre el verde. Desde dentro se ve jardín en casi cualquier dirección; desde fuera, la casa se lee como un volumen más entre los troncos.
La piscina, junto a los volúmenes blancos, queda rodeada de la misma plantación silvestre que el resto, sin un marco distinto. Lo pensamos para cruzarlo a diario de camino al porche y para que cambie de color cada estación sin pedir casi nada a cambio.