Arquitectura en Simbiosis Natural
Durante unos sesenta años se arrancó piedra a la colina de Zovencedo, a pocos kilómetros de Vicenza. Era la piedra blanca de las villas de Palladio, la que da su color a una ciudad entera. Cuando la cantera dejó de explotarse, a mediados del siglo pasado, quedó una catedral sin proyecto: galerías enormes sostenidas por pilares irregulares, medio inundadas, bajo un bosque. Un paisaje que nadie había dibujado y que, sin embargo, parecía obra de un arquitecto.
David Chipperfield lo entendió así. Su estudio de Milán, junto con el Laboratorio Morseletto, productor vicentino de piedra y mármol, convirtió esas cuevas en un espacio de espectáculo entre 2010 y 2018. Se llama Cavea Arcari, y su principal virtud es una discreta forma de respeto.


Una escenografía de piedra
La palabra cavea designa en el teatro romano el graderío semicircular. Aquí alude también a la cueva: las dos acepciones se funden. La intervención consiste en una sucesión de plataformas, escalones y rampas de piedra clara de Vicenza que se instalan entre los pilares como los decorados de Adolphe Appia, luminosos y abstractos, apoyados sobre un suelo accidental.
No hay otro material que la piedra de Vicenza. La piedra se añade y se quita: se extrae, como se hizo durante décadas, y se coloca de nuevo, ahora con otra intención. La cantera continúa su propio oficio, esta vez sin explotar la montaña, y la pureza de ese gesto resulta casi poética. Lo accidental, el hueco que dejó la extracción, dialoga con lo formal, la grada que ordena el sitio.



Luz sobre el agua
Las cámaras inundadas tienen su propio carácter. Allí donde el agua oscurece la cavidad, la luz se vuelve decisiva: la iluminación ambiente y escénica, de Viabizzuno, con la consultoría de Mario Nanni, subraya la atmósfera y ilumina las láminas de agua desde abajo. La cantera deja de ser una ruina para convertirse en un teatro sin techo ni telón.
El proyecto abrió sus puertas en la primavera de 2018, coincidiendo con una exposición de Chipperfield en la Basilica Palladiana de Vicenza, y en 2019 recibió el premio regional Barbara Cappochin de arquitectura. Ocupa 1.880 metros cuadrados de superficie y conserva, sobre todo, su condición de lugar: cualquier espectador que entre sabe que está en el interior de una montaña.



Un monumento por sustracción
Los planos y las secciones muestran la lógica del conjunto: una retícula de pilares heredada de la extracción, galerías que se ramifican, el perfil del terreno encima y el vacío de la cantera debajo. La arquitectura aquí no levanta, excava; no impone una forma al lugar, sino que trabaja con la forma que el trabajo humano ya le dio. Es, quizá, la manera más honesta de intervenir en un patrimonio industrial.
La obra recuerda a otras intervenciones que devuelven la dignidad a una cantera, como la Rockview Teahouse, o a ese espacio sagrado que se cava bajo la roca en Temppeliaukio. Y en la obra del propio Chipperfield dialoga, por contraste, con el museo de hormigón que levantó en Yorkshire, Hepworth Wakefield.






