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Comedor con mesa y sillas color caramelo bajo una lámpara de pantallas ante un ventanal al olivo en Casa Brisa

Cocina Casa Brisa

En Casa Brisa la cocina no se esconde. Abre al mismo sur que el salón y comparte con él un único espacio en el que cocinar, comer y estar suceden a la vez, separados apenas por un cambio de nivel: un escalón de madera entre dos paneles blancos marca el paso de la zona de trabajo a la zona de estar sin cerrar nada.

El encargo nos llegó de una familia de perfil creativo, y la cocina lo recoge con una paleta poco habitual en una obra nueva: el frente de la isla en turquesa, un suelo de baldosa esmaltada en verde pálido allí donde se trabaja y una estantería abierta, también verde, que guarda a la vista las copas y los vasos de colores. El resto calla: encimeras blancas y continuas, frentes lacados claros con tiradores de barra y un techo de tablero de madera clara.

Elegimos los materiales para que se usen. Cajones de roble bajo una estructura de acero inoxidable en la isla, un fregadero de cerámica de pila honda, fogones de acero junto a los hornos integrados. Nada finge ser otra cosa.

La luz entra por una ventana apaisada que corre sobre la encimera, a la altura justa de quien friega, y enmarca las copas de los árboles. Al sur, los grandes ventanales se esconden por completo en el muro, de modo que en los meses templados la cocina funciona como un porche con ventilación cruzada, y la mesa del comedor —sillas color caramelo bajo una lámpara de pantallas— queda frente al olivo.

Un detalle resume la casa: la barra del bar del nivel inferior la acabamos en el mismo turquesa que la isla. Arriba y abajo, el mismo gesto. Donde la familia se reúne, el color.