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2 de octubre de 2026
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Eva Espada Rebollo

Casa en Aichi: la luz que el cedro fabrica

  • Arquitectura: Ryota Sekiya
  • Fotografía: Shun Fukuda

Una casa unifamiliar en Aichi que renuncia a la luz prestada del entorno para fabricar la suya propia. Ryota Sekiya diseña un marco de cedro cuya retícula convierte la luz cenital en atmósfera.

El solar tiene un problema. Flanqueado por una carretera concurrida al norte y dos parcelas vacías al este y al sur, Ryota Sekiya no podía saber qué edificios se levantarían junto a esta casa unifamiliar en Aichi, Japón. Apostar por la luz que entrara desde el sureste habría sido confiar en un bien prestado, susceptible de ser tapado en cualquier momento. La respuesta fue radical: desplazar la casa hacia el sur y fabricar su propia luz.

En el centro de la planta hay una sala de estar de techo bajo, flanqueada por un enrejado de vigas de cedro que asciende hasta la cubierta. La luz de las claraboyas no cae directamente al suelo: primero choca con esa malla de madera, que la dispersa, la fragmenta y la convierte en barras de sombra blanda que se desplazan a lo largo del día. Sekiya lo explica con precisión: para ver la luz suspendida ante los ojos hace falta algo que la refleje y la absorba; aquí ese algo no es el polvo en el aire, sino el cedro.

El programa es deliberadamente introvertido. En lugar de abrirse al entorno inmediato —incierto, ruidoso, en construcción— la casa gira sobre sí misma y organiza su vida interior en torno al filtro que supone el enrejado. La madera de cedro, lenta de crecer y exigente en su trabajo, impone una escala temporal distinta a la de la construcción contemporánea. Cada veta es un argumento silencioso contra la velocidad y a favor de los materiales que envejecen bien.

La casa en Aichi es también una defensa tácita de la artesanía estructural. El marco de cedro no es un acabado decorativo superpuesto, sino el propio esqueleto de la casa, a la vez soporte y luz difusa, estructura y atmósfera. Lo que Sekiya propone en este solar japonés es que construir con madera densa y lenta no es un anacronismo, sino una forma de enraizar una vivienda en el tiempo. El resultado es una habitación que parece recordar la luz en lugar de simplemente recibirla.