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14 de febrero de 2016
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Pedro Ferrer

Amangiri, una isla paradisiaca en medio del desierto navajo

Cuando la arquitectura consigue integrarse a la perfección en el medio natural, los resultados llegan a ser espectaculares. El complejo hotelero Amangiri Resort & Spa es un claro exponente de esa fusión armoniosa de líneas, colores y texturas, que enriquece una construcción sin perturbar el paisaje.

Terraza del Amangiri con voladizo de hormigón, tumbonas y piscina de agua oscura frente al desierto de Utah

Inaugurado en 2009 en el sureste de Utah, se encuentra ubicado en plena región del Gran Círculo, un territorio navajo que incluye espacios naturales protegidos tan impresionantes como el Gran Cañón o el Monument Valley.

Vista del cañón y la meseta del desierto navajo con el Amangiri Resort apenas visible en primer término

Vista aérea al anochecer del Amangiri Resort, con sus volúmenes iluminados encajados en el cañón de Utah

Piscina del Amangiri rodeando una roca de arenisca natural en el desierto navajo de Utah

El proyecto contó con la colaboración de los arquitectos Marwan Al-Sayed, Wendell Burnette y Rick Joy. Juntos diseñaron unas fantásticas instalaciones para un retiro tranquilo; de hecho, Amangiri significa «montaña de paz» en la lengua local.

Estancia abierta del Amangiri con butacas de madera y vistas a una pared rocosa del desierto de Utah

Piscina interior del Amangiri bajo un hueco de hormigón visto con luz cenital y pared rugosa

Los tonos ocres y la tierra roja del entorno desértico tienen su réplica en materiales como la piedra para los suelos, la madera de muebles y revestimientos o los múltiples elementos en hormigón visto (mezclado con áridos locales a fin de reproducir los colores neutros del valle y las montañas erosionadas). De este modo, la arquitectura se incorpora a la naturaleza como un complemento, colaborando en su exaltación en lugar de destacar sobre ella.

Sala de descanso del Amangiri con toldo rojo y rayos de luz que recorren muros y bancos de tono arenoso

Terraza con tumbonas y pasos de piedra sobre la piscina del Amangiri, junto a un muro con hornacinas

Los clientes ocupan suites o pequeñas villas cuyo interior cumple el precepto navajo del hózhó: armonía, belleza, salud y equilibrio. Todas cuentan con chimenea y un salón al aire libre con vistas panorámicas al desierto. Las más exclusivas añaden a estas comodidades una piscina privada o una terraza en la azotea.

Dormitorio del Amangiri con muros de hormigón claro, silla de rejilla y perchas con sombreros y cestas

Piscina alargada con pasos de piedra entre los volúmenes de hormigón del Amangiri y el paisaje del desierto

El interiorismo también juega su papel a la hora de potenciar la comodidad. Los muebles y los elementos decorativos se inspiran en el estilo sureño estadounidense, aunque con pinceladas contemporáneas. Así, el cuero, la madera y el acero ennegrecido se alían con unas paredes acristaladas que introducen el salvaje oeste en todo su esplendor.

Salón del Amangiri con ventanal enmarcado en hormigón abierto al desierto de Utah

La serenidad se respira en todo el complejo, a la que sin duda contribuyen la magnífica piscina central (que envuelve uno de los promontorios rocosos), la zona de spa y el área para tratamientos estéticos. Sin embargo, también resulta una excelente base de operaciones para huéspedes con vocación más aventurera, que pueden disfrutar de viajes en barca por el río Colorado y de recorridos en globo o helicóptero por esta zona fronteriza con Arizona y Nuevo México.

Escalera iluminada sobre un volumen de hormigón del Amangiri al anochecer, con la meseta de fondo

Piscina del Amangiri junto a un farallón de arenisca y tumbonas blancas en el desierto de Utah