Moroso
Moroso nació en 1952 como un pequeño taller de tapicería en Udine, en el nordeste de Italia, fundado por Agostino y Diana Moroso. Durante décadas fue una empresa familiar de oficio, de manos que conocían la tensión exacta de una tela sobre un armazón y la densidad justa de un relleno. Que aquel taller acabara trabajando con algunos de los diseñadores más inquietos de su tiempo no fue un golpe de fortuna, sino el resultado de una mirada.
La casa italiana ha hecho de esa doble condición, la industria y la artesanía, su manera de entender el mobiliario contemporáneo: investigar procesos de fabricación sin perder el gesto de la mano, y dejar que la moda y el arte contemporáneo contaminen la forma de sentarse.


Una mirada desde el taller
Esa mirada tiene nombre propio. Patrizia Moroso, hija de los fundadores, estudió en una escuela de arte de Bolonia y se incorporó a la empresa en 1979. Desde entonces ha ejercido como directora artística, y sus viajes a Londres la pusieron en contacto con una generación de diseñadores todavía por descubrir: Ron Arad, Ross Lovegrove, Tom Dixon. En 1988, aún bajo la dirección de su padre, encargó a Arad la Big Easy, una butaca rotunda que ayudó a lanzar la carrera del diseñador y orientó a la casa hacia el diseño de autor.
Después llegarían Tord Boontje y Patricia Urquiola, cuya relación con Moroso ha dado algunas de sus piezas más reconocibles, y más tarde estudios como Doshi Levien o Benjamin Hubert. La empresa sigue siendo familiar, y quizá por eso conserva algo del taller original: la disposición a probar, a equivocarse, a dejar que una idea extraña llegue a la cadena de producción. Es también una de las marcas que distribuye BATAVIA.


Las cestas Bask cuentan bien ese método. Patrizia Moroso las vio en 2011 en el Salone Satellite de Milán, el espacio reservado a los diseñadores jóvenes, cuando eran un proyecto personal de Sebastian Herkner, y decidió producirlas. Son recipientes tejidos que se apilan como torres de color, a medio camino entre el mueble y el objeto.
Tejer en Dakar
En 2009 Moroso presentó M’Afrique, una colección nacida de la tradición del tejido senegalés. Ayse Birsel y Bibi Seck, Tord Boontje y Patricia Urquiola recibieron el mismo encargo: imaginar una pieza de exterior a partir de esa técnica. Las sillas se tejen a mano en Dakar, con hilos de colores que envuelven una estructura metálica, y el resultado tiene algo de vestido y algo de arquitectura: respaldos que giran, tramas que proyectan sombras, un color que no pide permiso.


Dos piezas, dos maneras de pensar
Entre todo el catálogo, dos diseños resumen bien la elegancia sencilla que persigue la casa. El primero es Take a Line for a Walk, la butaca giratoria que Alfredo Häberli dibujó a principios de los años dos mil. Su nombre describe el gesto: una línea que avanza, se curva y se cierra sobre quien se sienta, con un respaldo envolvente que da sensación de refugio, de rincón propio, sobre una base ligera.

El segundo es Impossible Wood, de Doshi Levien, presentada en Milán en 2011. Su título encierra la paradoja: parece una silla de madera curvada, de esas de armazón ligero, pero solo podía hacerse mediante moldeo por inyección. Está fabricada con un compuesto termoplástico de un 80 % de fibra de madera y un 20 % de polipropileno. Al entrar en el molde, el calor y la presión expulsan la humedad de la fibra, que se tuesta contra el metal y deja una superficie moteada, cálida, casi de cuero; lejos del brillo uniforme del plástico, según contó Dezeen. Entre sus referencias, los diseñadores citaron las láminas superpuestas de la escultura Cedar Lodge de Martin Puryear. La pieza dialoga con otra tradición italiana de la silla, la que se analiza en el atractivo de la silla italiana que envejece.

Y queda Tropicalia, la familia que Patricia Urquiola presentó en 2008 en Milán: hilos de polímero, cuero o cordón trenzados sobre un bastidor de tubo de acero, en tumbonas, butacas y una versión colgante. Es quizá la mejor síntesis del espíritu de Moroso: una estructura industrial vestida a mano, con la exuberancia de un jardín y la disciplina de un telar.


