Hans J. Wegner
Antes que diseñador, Hans J. Wegner fue ebanista. Nació en 1914 en Tønder, en el sur de Jutlandia, y a los catorce años entró como aprendiz en el taller del ebanista H. F. Stahlberg; a los quince construyó su primera silla. Esa precocidad del oficio explica casi todo lo que vino después: Wegner pensaba con las manos, desde la veta y la herramienta, y nunca dejó de tratar el dibujo como una promesa que la madera tenía que cumplir.
Tras el servicio militar pasó por el Instituto Tecnológico Danés y por la Escuela de Artes y Oficios de Copenhague, donde más tarde, a partir de 1946, sería profesor. Murió en Copenhague en 2007, a los noventa y dos años, con más de quinientas sillas diseñadas a sus espaldas y más de un centenar de ellas fabricadas en serie.
Del taller al ayuntamiento de Aarhus
En 1938 se incorporó al equipo de Arne Jacobsen y Erik Møller para el nuevo ayuntamiento de Aarhus, y entre 1939 y 1942 se ocupó de su mobiliario. Fue una escuela decisiva: allí aprendió a pensar la pieza en relación con la sala, con la luz y con el uso cotidiano de un edificio público. En 1943 abrió su propio estudio en Aarhus, y desde entonces trabajó con fabricantes como Johannes Hansen, Carl Hansen & Søn, Fritz Hansen, PP Møbler o Getama.
La alianza entre el diseñador y aquellos talleres fue el verdadero motor del reconocimiento internacional del diseño danés de mediados de siglo. La calidad de la ejecución era inseparable del dibujo: cada ensamble debía resolverse en el banco de trabajo antes de existir en el catálogo. En 1951 recibió el premio Lunning y el gran premio de la Trienal de Milán, los primeros de una larga serie de distinciones.

Un funcionalismo con savia
Su obra suele inscribirse en el llamado funcionalismo orgánico, una corriente del movimiento moderno nacida en los países nórdicos que no renuncia a la utilidad, pero que la envuelve en formas que recuerdan al cuerpo y a la naturaleza. Alvar Aalto, cuya creatividad orgánica y humanista recorre toda la arquitectura finlandesa del siglo XX, Poul Henningsen y el propio Jacobsen compartieron ese mismo clima de ideas. El propio Wegner describió el estilo danés como un proceso continuo de depuración y simplificación.
En sus sillas de madera esa depuración nunca es pobreza. Las uniones de caja y espiga, los encastres a la vista, los brazos tallados como si la mano los hubiera ido gastando: todo procede de la carpintería tradicional. En las piezas tapizadas recurría también a técnicas artesanas, y mezclaba con naturalidad madera maciza, contrachapado, metal, mimbre y cuerda de papel trenzada.
Una genealogía de sillas
La serie China, de 1944, nació de su estudio de las sillas de la dinastía Ming. En 1947 llegó la Peacock, una relectura de la silla Windsor cuyo respaldo de husillos se abre como un abanico. En 1949 dibujó la Round Chair, que la revista Interiors llamó la silla más bella del mundo y que acabaría conociéndose sencillamente como The Chair; en 1960, John F. Kennedy y Richard Nixon se sentaron en sendas Round Chairs durante su debate televisado.
La Wishbone, la CH24, se diseñó en 1949 y Carl Hansen & Søn la fabrica sin interrupción desde 1950. Su respaldo en forma de horquilla y su asiento de cuerda trenzada la convirtieron en su mayor éxito comercial. A ellas se suman la silla plegable de 1949, la Valet Chair de 1952, pensada para dejar el traje bien dispuesto al final del día, la Flag Halyard, la Ox Chair, que fue su favorita y ocupó su salón hasta su muerte, y la Shell Chair, cuyo asiento de contrachapado curvado parece flotar sobre las patas.


La silla como lugar
Medio siglo después, estas piezas siguen habitando casas muy distintas sin perder su acento. Una Wishbone alrededor de una mesa de madera maciza, una Shell junto a una ventana, una Valet en un dormitorio: no reclaman protagonismo, sino que ordenan el espacio desde la escala del cuerpo. Es la lección que el diseño industrial escandinavo dejó a la arquitectura interior: un mueble bien hecho es también una manera de estar en una habitación.
Wegner aspiraba a hacer cosas sencillas con una calidad excepcional, y se le atribuye una confesión de oficio: ojalá uno pudiera diseñar una sola silla buena en la vida, aunque sabía que no era posible. En Tønder, la torre del agua acoge desde 1995 una exposición permanente de su obra. Allí, entre respaldos y brazos de madera, se entiende que su búsqueda no fue la de una forma perfecta, sino la de una costumbre: volver una y otra vez al mismo objeto hasta que la madera dijera exactamente lo necesario.