Espacio multifuncional. Proyecto de interiorismo BATAVIA

Una mesa de ping pong puesta para comer. El tablero azul oscuro, con la red tendida de lado a lado, recibe macetas de hierbas y plantas crasas, cuencos de cerámica verde agua y bandejas de madera de contornos orgánicos, como hojas caídas sobre un campo de juego. Junto a ellas, dos palas rojas y una pelota naranja esperan a que termine la sobremesa. Así presentaba BATAVIA en 2017 una de las propuestas de su equipo de interiorismo: un espacio multifuncional en el que la mesa del comedor y la del juego son la misma.
La idea respondía a una convicción que la casa repetía desde sus comienzos: que cada necesidad doméstica admite una respuesta propia, y que la imaginación del interiorista empieza cuando escucha lo que el cliente quiere hacer en su casa, no solo lo que quiere tener en ella.
Un tablero, dos tiempos
El hallazgo está en la superposición de usos. A mediodía o por la noche, el tablero reúne a la familia alrededor de los platos; después, recogidos los cuencos, la red vuelve a mandar y la habitación se convierte en zona de juego y en centro de las fiestas con amigos. No hay que mover muebles ni cambiar de estancia: basta con cambiar de gesto. La mesa, objeto deportivo por definición, se domestica sin perder su naturaleza, y en esa ambigüedad está su gracia.
Alrededor, las sillas tampoco forman juego: unas de madera curvada sobre patas metálicas blancas, otras de madera clara con respaldo en Y y asiento de cordón trenzado. La mezcla rehúye la serie y acerca la escena a la de una casa vivida, donde los muebles llegan en momentos distintos y cada uno trae su propia historia.
Una habitación con memoria
El escenario acompaña. Techos altos rematados con molduras, paredes de un blanco frío y un suelo de baldosa en damero blanco y negro, dispuesto en diagonal, que contrasta con la calidez de la madera. En las paredes conviven pequeños cuadros de marco dorado agrupados como un mosaico, un reloj de cuco blanco de silueta recortada y una pintura que asoma apoyada en el suelo; al fondo, una pantalla de proyección en la que arde un fuego, chimenea de luz para una habitación que no la tiene. Sobre un mueble de pino, otro cuadro pequeño de marco dorado pone una nota de devoción doméstica.
Esa manera de componer, con arte, plantas y muebles de distintos orígenes y épocas reunidos sin jerarquías, era la seña de BATAVIA. Su fundador, Carlos Alonso, lo explicaba al hablar de la tienda que la marca abrió en el Palacio de Villagonzalo, en la calle Mejía Lequerica de Madrid: la intención era representar interiores reales de una casa de hoy, con piezas que tuvieran una historia que contar. Aquel palacete de mediados del siglo XIX, que ÁBATON reformó tras más de un siglo de uso como ferretería, se organizó en ambientes con más sabor a hogar que a tienda de muebles.
Del juego al oficio
A finales de 2017, BATAVIA dejó la venta al público y su equipo se integró en la división de interiorismo de ÁBATON. La mesa de ping pong, vista hoy, conserva el valor de un pequeño manifiesto: amueblar no consiste en llenar una habitación, sino en decidir qué vida cabe en ella y a qué horas.
Esta solución nace del mismo espíritu que hoy guía el servicio de interiorismo de ÁBATON, heredero de aquella forma de mirar.