En un pliegue casi imperceptible del paisaje andino, el Pabellón Rosa de Pezo von Ellrichshausen se alza como una anomalía controlada. No por monumental, sino por precisa. Suspendido sobre una pequeña colina, donde el terreno interrumpe momentáneamente el curso de un río de montaña, esta estructura de hormigón pigmentado define, con apenas unos metros de altura, un nuevo horizonte artificial. Es un gesto mínimo con vocación tectónica que se inscribe con claridad dentro de la arquitectura paisajística contemporánea: aquella que no se impone sobre el territorio, sino que establece un diálogo riguroso con él.
Una estructura elemental y precisa
La construcción se apoya en cuatro pilares macizos, situados en el centro de cada uno de los lados de la plataforma cuadrada que conforma el proyecto. En el centro, una columna esbelta —que es también chimenea, eje y aguja de reloj solar— ordena la simetría. La estructura responde tanto a la necesidad de estabilidad estática como a las condiciones sísmicas del lugar. La solución técnica recurre a vigas cruzadas y diagonales embebidas en la losa, aportando rigidez y equilibrio sin alterar la forma.
Bajo la plataforma se desarrolla una única sala comprimida, sin jerarquías ni divisiones evidentes. Un espacio continuo que se estructura en cuatro cuadrantes simétricos. Las esquinas alternan vidrio fijo con paneles deslizantes, capaces de convertir la estancia en un mirador abierto. La única pieza que irrumpe con peso es la escalera monolítica: una masa que organiza sin fragmentar. El interior no busca contener, sino multiplicar las posibilidades de habitar.
Este tipo de organización espacial, libre de programas rígidos, es una constante en la arquitectura paisajística contemporánea más experimental: una arquitectura que no encierra, sino que amplía las relaciones entre cuerpo, clima y paisaje.
El tiempo como experiencia arquitectónica
En la azotea, la plataforma se transforma en terraza abierta y la chimenea central se eleva como el eje de un reloj solar rudimentario. El tiempo en el Pabellón Rosa no se mide en horas, sino en luz, sombra y presencia. La experiencia no depende del uso, sino de la relación con el entorno: del esfuerzo de llegar hasta la cima y del silencio que ofrece el lugar.
Técnica y paisaje: una relación sin artificio
El hormigón pigmentado en tonos rosados no es un gesto formal, sino una estrategia material que prolonga el paisaje sin mimetizarlo. Esta elección cromática dota al pabellón de identidad sin estridencia. Más allá de la metáfora —¿cueva o nube?—, la arquitectura se define por su capacidad de condensar lo esencial: estructura, abrigo y horizonte.
Una arquitectura que permite estar
Pabellón Rosa no responde a un programa funcional. Es un espacio para estar, mirar, reunirse. Una arquitectura mínima que se convierte en experiencia total. En tiempos de exceso constructivo, esta obra recuerda que a veces basta con una plataforma, cuatro pilares y una chimenea para redefinir la forma de habitar un paisaje. Técnica, pensamiento y medida: así se construyen algunas de las obras más elocuentes de la arquitectura paisajística contemporánea.
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